El día 4 en Perú empezó sin prisas, pero con la sensación clara de que iba a ser un día largo. Paracas se despereza despacio por las mañanas, y nosotros lo hicimos casi a su ritmo, sabiendo que la primera parte del día transcurriría en el mar.
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A primera hora nos acercamos al punto de salida para la excursión a las Islas Ballestas. El puerto ya estaba en movimiento, lanchas entrando y saliendo, grupos organizándose y guías repitiendo las mismas indicaciones una y otra vez. Nos colocamos los chalecos salvavidas y subimos a la lancha mientras el motor empezaba a rugir.
En cuanto nos alejamos de la costa, el viento se volvió protagonista. El aire frío en la cara, las gotas de agua salpicando de vez en cuando y Paracas quedándose atrás poco a poco. Antes de llegar a las islas, la lancha se detuvo frente al famoso Candelabro, esa enorme figura dibujada sobre la arena que se ve perfectamente desde el mar y que sigue rodeada de misterio.
Al retomar la marcha, las Islas Ballestas comenzaron a aparecer en el horizonte. Primero como manchas oscuras y, a medida que nos acercábamos, como un conjunto de rocas llenas de vida. El ruido es lo primero que llama la atención. Miles de aves ocupando cada espacio posible, volando, posándose, discutiendo entre ellas. Pelícanos, cormoranes, piqueros… yo estaba living con lo que se venía.
También vimos lobos marinos descansando sobre las rocas, algunos completamente estirados al sol, otros entrando y saliendo del agua con total tranquilidad. Desde la lancha los observábamos en silencio, dejándolos estar, entendiendo que somos solo visitantes en su territorio.
A media mañana tocaba cambiar completamente de escenario. A las 10:45 salimos rumbo a Ica en bus con Cruz del Sur. El trayecto fue tranquilo, de esos que se pasan mirando por la ventana cómo el paisaje se vuelve cada vez más seco, más plano, más desértico. El servicio Evolution vuelve a hacer que el viaje sea cómodo y sin sobresaltos.
Ica nos recibió con más calor y más movimiento. Apenas fue una parada intermedia, porque el plan estaba claro: Huacachina. En pocos minutos estábamos en el oasis, y la sensación fue inmediata. Ver agua, palmeras y gente paseando en medio de un mar de dunas sigue resultando difícil de asimilar.
Por la tarde hicimos el tour por el desierto en buggy. Subirse al buggy impone desde el primer momento. El vehículo empieza a trepar dunas como si nada, subiendo pendientes que desde abajo parecen imposibles. Las bajadas son rápidas, bruscas y muy divertidas. Entre gritos, risas y agarrones al asiento, el tiempo pasa volando.
También está la opción de hacer sandboarding, que nosotros no hicimos porque yo soy muy cagueta y me daba miedo hacerme daño con todo el viaje que nos quedaba todavía. Así que nos quedamos mirando cómo nuestros compañeros se tiraban por las dunas.
Uno de los momentos más bonitos del día llegó casi sin avisar, el atardecer. El sol cayendo lentamente sobre las dunas, cambiando el color de la arena a cada minuto. Fue uno de esos instantes que se disfrutan mejor en silencio, simplemente mirando.
Con la luz ya bajando, regresamos a Ica. A las 19:00 tomamos el bus hacia Nazca, de nuevo con Cruz del Sur. Tres horas de carretera que se hicieron llevaderas gracias al cansancio acumulado y al ambiente tranquilo del bus.
Llegamos a Nazca ya de noche y fuimos directamente al Nasca Travel One Hostel. Check-in rápido, quitarnos las mochilas de la espalda y darnos una ducha para quitarnos toda la arena que llevábamos pegada. Creo que fue uno de los momentos más placenteros del día.
El día 4 fue intenso y con mucha variedad de paisajes. Mar por la mañana, desierto por la tarde y carretera al caer la noche. De esos días que no se olvidan fácilmente, no por un solo momento concreto, sino por todo lo que contienen.