Siempre digo que un viaje no empieza cuando aterrizas en el destino, sino cuando cierras la puerta de casa con la mochila a la espalda. Y este viaje a Perú no iba a ser diferente.
Llevaba días con nervios, revisando mil veces la ruta de 21 días, las reservas, las notas en el móvil… pero la sensación real de “vale, ahora sí” llegó cuando puse un pie en la estación para coger el tren a Madrid.
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Nuestro primer medio de transporte del viaje fue el tren Iryo de Zaragoza a Madrid Atocha, con salida a las 17:19 y llegada prevista a las 18:47.
Entre que te sientas, buscas el billete en el móvil, porque obviamente lo tienes guardado en cinco sitios “por si acaso”, respondes los últimos mensajes de “buen viaje” y miras por la ventana, la 1h 30min de trayecto se pasa volando.
Yo aproveché para hacer lo que todos prometemos que no haremos a última hora… volver a revisar mentalmente si llevaba todo.
Pasaporte, billetes, seguro, tarjetas… y la duda eterna de si meter o no otra sudadera por si acaso, aunque ya era demasiado tarde, ya estaba todo cerrado.
Tip viajero: si viajas en tren a Madrid para luego ir al aeropuerto, intenta elegir un horario que te deje margen de sobra. Entre retrasos, traslados y controles, es mejor ir sobrado que con el corazón en la garganta.
Llegamos a Madrid Atocha a las 18:47 h y ahí empieza la segunda fase del día: el clásico “ahora toca llegar a Barajas”.
Puedes ir en metro o en Uber/taxi, según lo que te apetezca o compense en ese momento. En nuestro caso, fuimos en cercanías porque va incluido en el ticket del tren.
En la T4 Satélite el ambiente ya es diferente, paneles de vuelos internacionales, gente con mochilas enormes, maletas facturadas hasta el tope y caras de sueño mezcladas con emoción. Ese momento en el que miras la pantalla y ves la palabra “Lima” al lado de tu número de vuelo tiene algo especial, como si de repente todo el planning del viaje se hiciera realidad.
Nuestro vuelo largo es con Iberia, saliendo de la T4S a las 00:10 h (hora España). Eso quiere decir varias horas por delante en el aeropuerto haciendo tiempo, paseando por la terminal, picando algo ligero y vigilando que el sueño no nos gane la partida demasiado pronto.
Tip viajero: si te pasa como a mí y tiendes a morirte de sueño antes del embarque, intenta no cenar muy pesado y mantente algo activa/o (pasear, leer, organizar cosas del viaje). Así luego en el avión te dará el bajón y dormirás más fácil.
El vuelo son unas 12 horas aproximadamente y, como bien dice nuestro planning, “Alojamiento: vuelo”. Básicamente, esa noche tu cama es el asiento del avión y tu mesilla son la bandeja y el bolsillo donde guardas el móvil, los cascos y mil cosas más que luego te dan miedo olvidar.
Nada más despegar llegan dos momentos importantes:
- La primera mirada por la ventanilla, dejando Madrid atrás.
- El clásico cálculo mental de horarios tipo: “Vale, salimos a las 00:10 h de España, llegamos a las 05:15 h de Perú (UTC-5)… ¿qué hora va a ser en mi cuerpo exactamente?”.
Durante el vuelo tenemos cena y desayuno a bordo, que marcan un poco el ritmo de la noche. Entre bandeja, película de fondo, cabeceos intentando dormir y alguna turbulencia que te recuerda que sigues en medio del océano, las horas van pasando.
Este día no acaba con una cama cómoda y una ducha caliente, sino con un avión sobrevolando el Atlántico y un montón de ganas de llegar a nuestro primer destino en tierras peruanas.
A las 05:15 h, hora en Perú, está prevista la llegada a Lima, pero eso ya forma parte del Día 2 del viaje, así que te lo contaré en el siguiente capítulo.
Por ahora, me quedo con la sensación de este día 1, un día de trayectos, cambios de estación, pantallas de aeropuerto y comidas a deshoras, pero también el día en el que, por fin, dejamos de decir “cuando vayamos a Perú” para poder decir: ¡Estamos de camino a Perú!