Hay días de viaje que no empiezan con un café tranquilo ni con vistas bonitas, sino con un despertador sonando demasiado pronto. Nuestro día 3 en Perú fue exactamente así.
Ese día tocaba dejar la capital para poner rumbo a Paracas, uno de esos lugares que suenan a mar, a desierto y a bajar el ritmo.
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Nuestro bus con Cruz del Sur salía a las 06:30 de la mañana, así que tocó llegar con margen a la avenida Javier Prado en Uber.
Con Cruz del Sur, el sistema de equipaje es muy parecido al de un avión. La mochila grande no sube contigo. El personal se encarga de colocarla en la bodega y te dan un resguardo numerado, que luego tendrás que enseñar para recuperarla al llegar.
Tú subes al bus solo con una mochila pequeña, con lo imprescindible para el trayecto. Al principio puede chocar, pero la verdad es que se agradece muchísimo viajar sin peso entre las piernas y con espacio de sobra.
Una vez dentro, el bus sorprende. Asientos amplios, reclinables, reposapiés, pantalla individual, es un trayecto pensado para que puedas descansar. El aire acondicionado va fuerte, así que la sudadera se vuelve tu mejor aliada, incluso aunque fuera ya haga calor.
En cuanto arrancamos, Lima empezó a quedarse atrás. Yo alternaba momentos de intentar dormir con ratos de mirar por la ventana, viendo cómo el paisaje se volvía cada vez más seco.
Entre cabeceos y el ambiente tranquilo del bus, las 3 horas y media pasaron bastante rápido.
Al llegar a Paracas, recogimos las mochilas enseñando el resguardo. Cuidado, porque si no lo tienes, no te entregarán tu mochila.
Paracas se siente diferente desde el primer instante. Más pequeña, más tranquila y con el mar muy presente. Dejamos las cosas y, casi sin tiempo para acomodarnos del todo, tocaba prepararse para uno de los puntos fuertes del día.
A las 11:00 de la mañana comenzaba nuestro tour por la Reserva Nacional de Paracas, acompañados por Ricardo, nuestro guía, que desde el principio nos dejó claro que este lugar no se visita solo para hacer fotos, sino para entenderlo.
La reserva es un espacio donde el desierto se encuentra con el océano Pacífico de una forma bastante salvaje. Aquí no hay playas paradisíacas al uso, sino acantilados, arena infinita, viento constante y un mar que impone respeto.
La primera parada fue en uno de los miradores costeros. Desde allí, el contraste es brutal, el suelo completamente árido, en tonos ocres y rojizos, cayendo de golpe sobre un mar azul intenso.
Seguimos recorriendo la reserva en vehículo, haciendo distintas paradas mientras Ricardo nos explicaba la importancia ecológica de la zona, las aves que habitan aquí y cómo este entorno tan extremo ha condicionado la vida desde hace siglos.
Uno de los momentos más impresionantes fue llegar a Playa Roja. Su nombre lo dice todo, la arena tiene un tono rojizo muy marcado, fruto de la erosión de las rocas volcánicas de los acantilados. Ver esa playa, prácticamente intacta, con el mar rompiendo con fuerza y sin apenas presencia humana, fue increíble.
El tour duró entre dos horas y media y tres, y aunque no es físicamente exigente, sí es muy intenso a nivel visual.
Después del tour por la Reserva Nacional de Paracas, el cuerpo ya empezaba a pedir comida. Nada sofisticado ni pensado para turistas, más bien lo contrario. Paramos a comer en un restaurante muy pequeñito, de esos que casi pasan desapercibidos si no te los señalan, llevado por una señora que lo hacía absolutamente todo: cocinar, servir y preguntar si estaba todo bien.
El local era sencillo, sin decoración llamativa ni cartas interminables. Un par de mesas, el menú escrito a mano y un ambiente de comida casera que ya te da buena espina antes de probar nada.
Allí pedimos chupe de pescado, caliente y reconfortante, perfecto después de una mañana de viento y carretera.
También probamos tallarines con salsa verde y milanesa, un plato muy común en Perú, pero que en este sitio sabía especialmente bien.
No fue la comida más espectacular del viaje, ni falta que hacía. Fue una de esas paradas que se recuerdan precisamente por lo contrario, por lo simple, lo auténtico y lo bien que sienta comer algo casero cuando llevas varios días cambiando de sitio y de horarios.
Después del tour, nos apetecía algo de calma. Paracas es perfecta para eso. Por la tarde nos dimos un paseo tranquilo por el Malecón El Chaco, caminando junto al mar, sintiendo la brisa y viendo cómo el ambiente se iba animando poco a poco.
Caminar, sentarse un rato, mirar el horizonte y dejar que el día se vaya apagando lentamente.
Para cenar elegimos el restaurante Puerto Gloria. Compartimos un dúo de ceviche y causa limeña, sí, lo mismo que el primer día en Lima, pero es que creo que se han convertido en nuestros platos favoritos del viaje.
Después de cenar, tocó volver al Hotel Betania. Nada de alargar la noche. Una ducha, revisar algunas fotos del día y dejar que el cansancio hiciera su trabajo.