Después de una noche larga, de esas en las que duermes a ratos y te despiertas sin saber muy bien en qué parte del mundo estás, el día 2 empieza antes de lo que mi cuerpo habría elegido.
A las 05:15, hora local de Perú, el avión aterriza en el Aeropuerto Jorge Chávez de Lima. El golpe suave de las ruedas contra el asfalto y el clásico “bienvenidos a Lima” marcan el inicio oficial del viaje. Ya no estamos sobrevolando el Atlántico ni calculando cambios horarios imposibles, estamos en Perú.
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Sales del avión con la cabeza algo espesa, pero con esa emoción difícil de explicar que solo aparece en el primer día en un país nuevo. Pasamos migración, recogemos mochilas, cambiamos algo de dinero, el mínimo para pagar el transporte porque el cambio en el aeropuerto es muy malo, y tenemos ese primer contacto con el ambiente local: carteles, acentos distintos y una sensación general de “todo es nuevo”.
Con todo listo, toca el primer trayecto en suelo peruano, del aeropuerto a Miraflores. Optamos por ir en Uber cogiéndolo a través de la app para asegurarnos que el precio era bueno y poder pagar con tarjeta. El trayecto dura entre 45 minutos y una hora, dependiendo del tráfico, que en Lima tiene fama… y se la gana.
Nuestro alojamiento en Lima es el Hotel El Patio Miraflores, en la calle Diez Canseco 341. El check-in no es hasta las 15:00, pero podemos dejar el equipaje en recepción sin problema. Bendita decisión, porque afrontar el primer día arrastrando mochilas habría sido demasiado.
Tip viajero: si llegas a Lima a primera hora de la mañana, aprovecha para dejar las maletas en el hotel y salir a explorar.
Miraflores es un barrio perfecto para ese primer contacto con la ciudad y una de las mejores zonas donde alojarse en Lima. Es tranquilo, agradable, con zonas verdes y el océano Pacífico siempre cerca. A pesar del cansancio, decidimos salir a caminar y empezar a empaparnos del ambiente.
Paseamos por el Parque del Amor, con sus mosaicos de colores y vistas al mar, y seguimos por los acantilados, caminando sin prisa, dejándonos llevar. Hacemos parada en el Faro de la Marina para una foto panorámica y después cruzamos el Parque Antonio Raimondi, ideal para sentarte un rato y simplemente observar.
El cuerpo empieza a pedir algo de energía, así que buscamos un sitio para desayunar. Acabamos en La Lucha Sanguchería, en la calle José Larco, y ahí ocurre uno de esos pequeños hitos viajeros, pruebo por primera vez la chicha morada.
No sabía muy bien qué esperar. El color morado intenso ya llama la atención, pero el sabor sorprende aún más, dulce, refrescante, con ese toque diferente que no se parece a nada que hubiera probado antes.
Después de ese desayuno tardío, ponemos rumbo a la Huaca Pucllana. Y aquí llega uno de los contrastes más impactantes del día, un yacimiento arqueológico precolombino en mitad de Miraflores, rodeado de edificios modernos y tráfico.
La visita dura alrededor de una hora y me gustó muchísimo. Caminar entre estructuras de adobe con siglos de historia, sabiendo que estás en pleno corazón de la ciudad, te hace tomar conciencia de las capas de pasado que tiene Lima. Sin duda, una visita muy recomendable para entender mejor el origen de la zona.
Desde ahí, ya entrada la mañana, nos dirigimos al Centro Histórico de Lima.
Empezamos por la Plaza de Armas, el verdadero corazón de la ciudad. Nos detenemos a observar los edificios, la Catedral, el ambiente, la vida que se mueve alrededor. Es uno de esos lugares donde apetece sentarse un rato y mirar sin hacer nada más.
A pocos minutos caminando está la Plaza San Martín, otra de las grandes plazas de Lima, con un ambiente diferente, más abierta, más monumental. Aquí el ritmo es otro, y se nota que es un punto de encuentro tanto para locales como para viajeros.
El cansancio empieza a notarse de verdad. El jet lag, las horas caminando y el madrugón pasan factura, así que decidimos volver a Miraflores. Hacemos el check-in en el hotel y, por fin, llega ese momento tan esperado, ¡una ducha caliente y un rato de descanso en la cama!
La tarde la tomamos con más calma. Lima ofrece muchas opciones, desde el Circuito Mágico del Agua hasta cenas especiales frente al mar. En nuestro caso, bajamos el ritmo y dejamos que el cuerpo se vaya adaptando poco a poco.
Por la noche salimos a cenar a Kausa, una elección perfecta para cerrar el primer día completo en Perú. Nos pedimos tequeños, un ceviche riquísimo y su especialidad, la causa limeña.
El día 2 termina temprano. Mañana toca madrugar y poner rumbo a Paracas, así que conviene descansar.
Me voy a dormir con la sensación de que Lima ha sido el aterrizaje perfecto, una mezcla de mar, historia, sabores nuevos y primeros descubrimientos.