Lituania no suele estar en el top de destinos de Europa del Este. Siempre gana Praga, Budapest, Cracovia… Y no me malinterpretes, todas ellas tienen su encanto, pero Lituania ha sido, para mí, una grata sorpresa. Además, es un sitio al que le tengo mucho cariño porque hice mi Erasmus en Vilna, su capital, por lo que estuve viviendo 6 meses en el país.

Lituania es de esos países en los que no te lo esperas pero te encuentras visitando colinas llenas de cruces, castillos de cuento flotando en lagos y ciudades con una mezcla rarísima entre lo soviético y lo escandinavo.

Un buen viaje por Lituania se puede hacer perfectamente en cuatro días, sin prisas, disfrutando.

El país es pequeño, las distancias no son una locura, y aunque algunas carreteras estén un poco reguleras, se conduce bien.

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Cómo llegar a Lituania

Puedes volar directamente a Vilna, la capital del país. Hay vuelos baratos desde varias ciudades de España con Ryanair o Wizz Air, y si lo pillas con tiempo, puedes encontrar ida y vuelta por menos de 60€.

Yo volé desde Madrid y aterricé sobre las 11:00 de la mañana. El aeropuerto está súper cerca del centro, a unos 6 km, así que llegar no tiene complicación ninguna.

Para ir al centro desde el aeropuerto puedes coger un Bolt, el Uber que usan allí, por unos 5€, aunque si quieres ahorrar puedes ir en bus, el 88 y el 3G llegan al centro por menos de 1€.

Día 1 en Lituania- Vilna

La ciudad de Vilna no es la típica capital europea. Tiene ese punto decadente que te hace sentir que el tiempo va un poco más lento. Pero eso no es malo, al contrario. En un par de días puedes verla tranquilamente, y si te organizas bien, con uno ya te haces una buena idea.

Empezamos el día dejando las cosas en el hotel y bajando hacia el casco antiguo, que está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Vilna tiene uno de los cascos históricos más grandes del este de Europa, con calles adoquinadas, iglesias por todas partes y un aire bohemio bastante peculiar.

Nuestra primera parada será la Plaza de la Catedral. Allí te encuentras con la Catedral de San Estanislao y San Vladislao, con su fachada blanca y su campanario que parece más bien un faro.

Si te fijas en el suelo, hay una baldosa que marca el “milagro”. Es una especie de tradición local: tienes que ponerte sobre ella, girar sobre ti mismo tres veces y pedir un deseo. A saber si funciona, pero oye, yo lo hice, por si acaso.

Puedes subir al campanario, que cuesta unos 5€, y las vistas merecen mucho la pena.

Desde ahí seguimos caminando por Pilies Gatvė, una de las calles más famosas de Vilna.

Está llena de tiendecitas de ámbar, cafeterías y locales vendiendo pasteles típicos que huelen súper bien.

Aprovecha para sentarte en una terraza a tomar un café y simplemente ve pasar a la gente. El ambiente es muy tranquilo, nada que ver con otras capitales europeas donde todo es estrés y turistas en masa.

En esta zona también encontrarás iglesias cada dos pasos. Entra en la Iglesia de Santa Ana, que es una joya gótica impresionante.

¿Sabías que Napoleón, cuando la vio, dijo que le encantaría llevársela en la palma de la mano a París? Y oye, no le faltaba razón.

Justo al lado está la Iglesia de San Francisco y San Bernardino, que también vale la pena ver.

Para a comer en Etno Dvaras. Es turístico, sí, pero la comida está muy rica y es ideal para probar platos típicos.

Pídete los cepelinai, unas bombas de patata rellenas de carne, bañadas en salsa agria y bacon. Si no los pruebas, es como si no hubieras estado en Lituania. También puedes pedirte una sopa de remolacha fría llamada šaltibarščiai que viene con huevo duro y pepino, muy refrescante.

Después de comer, cruza el puente hacia Užupis, el barrio más curioso de toda la ciudad.

Y es que Užupis no es solo un barrio, es una república independiente autoproclamada con su propia constitución, presidente, embajada… hasta tiene ejército (bueno, un ejercito mini, pero cuenta).

Lo mejor es que tienen la constitución traducida en muchos idiomas colgada en paneles de cristal en una calle peatonal. Algunas perlas: “Todo el mundo tiene derecho a morir, pero no es una obligación” o “Un perro tiene derecho a ser un perro”.

Užupis está lleno de arte callejero, esculturas, cafés alternativos y tiene un rollo muy relajado. Si has estado en Christiania en Copenhague, puede recordarte un poco a eso, aunque menos caótico.

Por cierto, si pasas por el puente de entrada, verás una sirena de bronce y muchas cerraduras en la barandilla. Hay toda una leyenda sobre la sirena que atrae a los artistas a quedarse en el barrio.

No sé si será verdad, pero yo me hubiera quedado encantada allí una semana.

Para cenar opta por algo más moderno, en Būsi Trečias, una cervecería donde sirven su propia cerveza artesanal y platos bastante contundentes.

Pídete una tabla con embutidos y quesos locales y un guiso de cerdo con patata. De beber, hay cervezas de un montón de sabores, ¡a mí me encanta la de coco!

Día 2 en Lituania – Vilna y Trakai

Nos levantamos temprano ese día porque el plan incluye una escapada fuera de Vilna: el Castillo de Trakai.

Pero antes de eso, vamos a exprimir un poco más la capital, así que empezamos el día con café, vistas y algo de historia.

Lo primero que haremos será subir a la Colina de Gediminas, que se ve desde prácticamente toda la ciudad. Puedes subir andando o en funicular. No es una subida terrible, así que te animo a, que si puedes, la hagas a pie.

Arriba te encuentras con los restos de la antigua Torre de Gediminas, que formaba parte del castillo original de la ciudad. Hoy solo queda la torre reconstruida y parte de la muralla, pero lo que de verdad merece la pena son las vistas panorámicas de Vilna. Se ve el río Neris, el barrio soviético al fondo, las iglesias… Todo muy de postal.

La entrada a la torre cuesta unos 6€, pero puedes subir a la colina gratis y quedarte fuera disfrutando igual.

Hay paneles informativos y bancos para descansar, así que si pillas buen día, es el sitio ideal para echar un rato tranquilo viendo cómo amanece Vilna.

Bajando de la colina, anda unos 20 minutos hasta uno de los lugares más duros pero más importantes de todo el viaje: el Museo de las Víctimas del Genocidio, también conocido como el Museo de la KGB.

Este museo está ubicado en el antiguo cuartel general del KGB, en pleno centro de la ciudad. Aquí se encarcelaba, torturaba y ejecutaba a opositores políticos, intelectuales, religiosos… Básicamente a cualquiera que molestara al régimen soviético.

No es un museo bonito. Las celdas, los calabozos de castigo (algunos con suelo inundado para no poder sentarte), los muros de fusilamiento… Todo sigue ahí. Tal cual. Las visitas son por libre y la entrada cuesta unos 6€, aunque hay opción de visita guiada si quieres entender más en profundidad todo lo que pasó.

Quizás te vayas con un nudo en el estómago, pero creo que merece la pena visitarlo. La historia está para conocerla, aunque duela.

Después de esta dosis de realidad, vuelve a por tu mochila si lo necesitas y vete a la Estación Central de Vilna para sacar un billete de bus a Trakai.

Puedes ir en coche de alquiler si quieres, pero la verdad que el bus va genial, salen desde las 5:30 de la mañana hasta las 21:00 de la noche, el trayecto dura 45 minutos y cuesta alrededor de 3€.

También tienes la opción de hacerlo en tren, pero salen menos al día y la estación de trenes está más lejos que la de autobús, así que, por mi parte, te recomiendo el autobús 100%.

Desde la estación de buses tienes 20 minutos andando al castillo por unos caminos muy bonitos llenos de casas preciosas y rodeando el lago.

El castillo está construido en una isla en medio del lago Galvė, rodeado de agua cristalina y cisnes paseando a su bola. Para llegar hay que cruzar varios puentes de madera y en verano se montan barquitas, puestos de helados, alquiler de kayaks…

La entrada al castillo cuesta unos 12€ y merece muchísimo la pena. Dentro tienes un pequeño museo con armas, muebles antiguos, monedas, trajes medievales y objetos de los Karaítas, una etnia minoritaria que vive en la zona desde hace siglos. Aunque lo más chulo es recorrer las murallas, las torres y los patios interiores.

Puedes pasar casi dos horas paseando, sacando fotos y simplemente disfrutando del lugar. No todos los días estás en un castillo en medio de un lago, ¿no?

Come en Senoji Kibininė, especializado en kibinai, una especie de empanadillas horneadas típicas de los karaítas. Las hay de carne, espinacas, queso… y son baratísimas. Por unos 2€ tienes una ración que llena bastante.

También puedes pedir una sopa caliente de setas servida en pan de centeno.

Después de comer, vuelve a Vilna. Como llegarás sobre las 18:00, te dará tiempo a pasear un poco más por la ciudad, hacer algunas compras (ámbar everywhere) y sentarte a ver el atardecer desde la orilla del río.

Cena en Šnekutis una taberna típica con ambiente local y platos contundentes.

Día 3 en Lituania – Kaunas

El tercer día fuimos pronto a por un coche de alquiler para poder ir con calma a Kaunas y poder hacer paradas en mitad de nuestro camino.

Si no quieres coger coche, puedes ir en tren sin problema, el trayecto dura alrededor de 1h y media y cuesta unos 6€.

Si vas en coche, no hace falta que tengas carnet internacional si eres de la Unión Europea. Con tu pasaporte, DNI y una tarjeta de crédito, te sería suficiente.

Desayuna antes de salir rumbo a Kaunas, te recomiendo Backstage Cafe Skalvija, hacen un café muy bueno y lo puedes acompañar de un croissant riquísimo.

Desde Vilna a Kaunas hay unos 100 km que se hacen en poco más de una hora, pero como en este blog no nos gusta ir a tiro hecho, vamos a parar en un par de sitios muy recomendables.

A unos 10 km antes de llegar a Kaunas, haz un pequeño desvío para visitar el Monasterio de Pazaislis, que está justo al lado del embalse de Kaunas.

El lugar tiene una iglesia con una cúpula impresionante, unos jardines muy bonitos y cuidados y un pequeño café donde tomarte algo mirando al lago. No es muy turístico, y precisamente por eso me gusta tanto.

La entrada es gratuita, aunque puedes dejar una donación. Nosotros dejamos 2€, por lo majas que fueron las monjitas que nos saludaron (y nos ayudaron a encontrar el baño, cosa importante también).

Apenas 20 minutos después, para en otro sitio que no suele estar en las guías típicas: el Castillo de Raudondvaris. Es un palacete de ladrillo rojo, rodeado por un parque enorme, y está justo a la entrada de Kaunas.

La entrada al castillo cuesta unos 5€, aunque sinceramente lo más bonito es el exterior y los jardines.

Llegarás a Kaunas sobre el mediodía. Deja las mochilas en el alojamiento y deja el coche en algún parking público cerca del centro que suelen costar sobre 1€ la hora.

¡Empeamos a patear la ciudad!

Kaunas fue Capital Europea de la Cultura en 2022, y se nota. Está llena de murales, esculturas y arte urbano. Tiene un ambiente joven, con mucha vida cultural y bastantes estudiantes. Además, el centro está lleno de cafeterías, concept stores, galerías.

La calle principal, Laisvės Alėja, es una avenida peatonal larguísima, ideal para pasear sin rumbo. Caminando por ahí llegamos hasta la Iglesia de San Miguel Arcángel. Recuerda un poco a una iglesia ortodoxa rusa, aunque aquí es católica.

Justo al borde del casco antiguo, junto a la confluencia de los ríos Nemunas y Neris, se encuentra el Castillo de Kaunas.

Cuenta con zonas en ruinas, restos de murallas y una torre circular que puedes subir por una escalera de caracol.

La entrada cuesta unos 5€ y la visita dura entre 45 y 60 minutos, dependiendo de cuánto te guste curiosear.

Para comer puedes ir a Uoksas, que está entre los mejores de Lituania. No es barato, pero tampoco es un sablazo. Hay platos bastante creativos como una crema de calabaza con jengibre, pollo con puré de raíz de apio o mousse de chocolate con semillas de amapola.

Si buscas algo más low cost, por la zona hay muchas opciones: desde pizzerías hasta comida rápida lituana. Pero si quieres darte un capricho, este sitio vale la pena.

Después de comer, visita el Museo del Diablo, una rareza total pero súper divertida. Es un museo dedicado exclusivamente a figuras, esculturas y obras de arte de diablos de todo el mundo.

La entrada cuesta 5€ y si te gustan las cosas raras, este museo es para ti. Además, aprendes bastante sobre el folclore lituano, que está lleno de supersticiones y leyendas relacionadas con el diablo.

Para terminar el día, sube al mirador de Aleksotas, al otro lado del río, desde donde tienes una vista panorámica de Kaunas. Puedes subir andando o en funicular, aquí sí que te recomiendo que la subida o la bajada la hagas en funicular porque es de esos antiguos que son toda una experiencia.

Desde arriba se ve todo el casco antiguo, los dos ríos que se cruzan, el Nemunas y el Neris y el castillo de Kaunas.

Cena en la taberna local Bernelių Užeiga, con mesas de madera, camareros con ropa típica y comida local.

Vuelve al alojamiento a descansar que mañana toca la última etapa del viaje: la colina de las cruces y regreso a Vilna.

Día 4 en Lituania – Colina de las cruces

Lo que te espera este día…es de otro planeta. Si hay un sitio en Lituania que no te puedes perder, es la Colina de las Cruces.

Desayuna en una cafetería llamada Holy Donut, muy recomendable si te van los desayunos dulzones. Cuentan con una gran variedad de donuts de diferentes sabores muy ricos.

Desde Kaunas a la Colina de las Cruces hay aproximadamente 140 km, unas dos horas en coche. El trayecto es bastante recto, carretera nacional todo el rato y fácil de conducir.

Cuando llegas, hay un parking habilitado por 1€ con un pequeño centro de visitantes con baños, un bar de bocadillos y una tiendecita de recuerdos.

Desde allí, andas unos 5 minutos por un sendero y, de pronto, aparece una colina, no demasiado grande, literalmente cubierta con más de 100.000 cruces de todos los tamaños, estilos, materiales y colores.

Y no es solo una atracción turística. Es un sitio sagrado para muchos lituanos. Durante la ocupación soviética, este lugar fue arrasado varias veces. Los rusos quitaban todas las cruces, pero los lituanos volvían por la noche y las colocaban de nuevo. Así, una y otra vez. Una forma de resistencia pacífica pero muy poderosa. Hoy en día, sigue viva esa tradición: puedes llevar tu propia cruz y dejarla allí.

Nosotros no llevábamos ninguna, pero compramos una pequeña cruz de madera en el puestecito por 2€, la escribimos por detrás con un boli que llevaba en la mochila y la dejamos clavada entre muchas otras.

La entrada es gratuita, y puedes recorrer libremente los caminos entre las cruces. No hay rutas marcadas, simplemente paseas y observas.

Estuvimos cerca de una hora allí, haciendo fotos y leyendo mensajes escritos en las cruces.

Puedes parar a comer en Šiauliai, una ciudad pequeña que está a unos 12 km de la colina. Yo comí en una especie de centro comercial que tenía varios restaurantes tipo buffet. Nada especial, pero rápido, barato y caliente.

Desde allí pon rumbo directo a Vilna, que está a unas 2 horas y media de distancia.

Llegarás a Vilna por la tarde, devuelve el coche y disfruta de una última tarde por la ciudad.

Pasea por el barrio de Zverynas, una zona residencial muy bonita con casas de madera, jardines, gente paseando a sus perros… otro lado de la ciudad, más tranquilo y nada turístico.

Termina el día cenando en Lokys, un restaurante especializado en carne de caza. Pídete el guiso de jabalí, está muy rico.

Día Extra en Lituania – Klaipeda

Si en vez de 4 días, tienes un día extra en tu viaje a Lituania, te recomiendo hacer una escapada hasta Klaipėda, al oeste del país, tocando ya el mar Báltico.

Klaipėda es la tercera ciudad más grande de Lituania, pero no tiene nada que ver con Vilna ni Kaunas. Es costera y portuaria. Además, desde allí puedes cruzar en ferry al famosísimo Istmo de Curlandia, una lengua de tierra patrimonio de la UNESCO con dunas, playas y pueblos de pescadores.

Puedes llegar en coche desde Vilna si todavía tienes el coche de alquiler, tardarás unas 3h en llegar. Pero si no has alquilado coche, puedes ir en tren y el trayecto durará alrededor de 4h.

Lo primero que notarás será el ambiente totalmente distinto al resto del país. Calles empedradas, casas bajas de estilo alemán, todo limpio, muy cuidado… ¡y lleno de esculturas rarísimas!

En el centro hay estatuas de animales de cuento como un ratoncito sobre un pedestal, que dicen que si le susurras un deseo al oído, se cumple, un perro con gorro, un dragón con cara de pocos amigos… No es una ciudad espectacular ni cargada de monumentos, pero es de esas que se disfrutan paseando sin prisa.

A media mañana coge el ferry peatonal desde el puerto que cuesta menos de 1 € y tarda 5 minutos para cruzar al Istmo de Curlandia, un parque nacional compartido con Rusia, el sur pertenece a Kaliningrado. Allí puedes recorrer bosques, playas y pueblos de postal como Nida o Juodkrantė.

Yo no fui hasta Nida por falta de tiempo, pero sí estuve un par de horas paseando por el lado norte del istmo, cerca del ferry. Encontramos un sendero de madera entre los pinos que nos llevó hasta una playa gigante, vacía, con el mar Báltico. El agua estaba helada, pero no pudimos resistirnos a meter los pies.

Vuelve en el ferry y come en Friedricho Smuklė.

Dedica la tarde a caminar por la rambla del Danė, el río que atraviesa la ciudad, con barquitos de recreo y terrazas tranquilas. También puedes subir al puente giratorio, una curiosidad mecánica que se abre a mano con una manivela cuando pasa un barco, si pillas el momento, es muy curioso de ver.

¿Merece la pena viajar a Lituania?

Sí. Mil veces sí. Es uno de esos países que no están en el radar de la mayoría de viajeros, y precisamente por eso te regala una experiencia diferente, auténtica y sin agobios. Es barato, seguro, fácil de recorrer, la gente es amable (aunque algo reservada al principio), y tiene un montón de contrastes.

¿Has estado en Lituania? ¿Qué otras ciudades recomiendas visitar del país?

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